Me gusta cuando saboreo el tiempo,
en que recojo caudales de fríos tormentos
bacilo que endulza la vida,
hacia instantes perdurables y alicientes,
cuaja la moral en suave bruma,
atonta el siniestro Polifemo esbirro
que coloca la miserable estancia;
hacia coloridas esencias de cal viva.
Acércate, penumbra, haz tu oficio,
regodea con el lado que te estruja,
mis ojos no han llorado
adelantando comercio de la selva,
encuéntrate en occidente y
luego en la India, parsimonia de
acciones, ahora en ver muertes,
ahora en vivas suertes ,
la esperanza se ha ido,
se ha roto la conglomeración.
Oxígeno para el fallecimiento, somete
el óptimo patriarca de un ensueño,
dulce momento escarpado
bordea lo robado
inconmensurable amor.
Translate
lunes, 4 de agosto de 2008
sábado, 19 de julio de 2008
EL AMOR
El amor es un vaso de metal frío
un holocausto de migrañas y gruñidos
un abismo entre la luz y el sol
una sombra mágica genuina.
Cómo alcanzaremos las estrellas con un beso
con un dionisíaco aliento entre las rosas
con un súbito gemido de distancias
con un latido vespertino de tinieblas.
Hay resquicios de frutas y ausencias
dolores de estómago y atónitas presencias
una caricia suave de la amante cautiva
una música italiana de raza y de rezo.
Con un beso en tu pecho he sellado nuestro pacto
condenado glorioso a amarte y bendecirte
Odiseo orgulloso regresaste de tus guerras
hacia ti Penélope furiosa e indomable reina.
Quiéreme entre las tinieblas del amor
y los viajes entrañables
entre las guerras de los dioses
y los lamentos de los muertos.
Entre la voz disidente de los entrometidos
y la pasión con que aman los sátiros.
El amor es un fulgor azul
una herida abierta en el labio inferior
el olor del mar en otoño gris
la paz de las aves hacia el sol
la furia de Aquiles y su muerte.
un holocausto de migrañas y gruñidos
un abismo entre la luz y el sol
una sombra mágica genuina.
Cómo alcanzaremos las estrellas con un beso
con un dionisíaco aliento entre las rosas
con un súbito gemido de distancias
con un latido vespertino de tinieblas.
Hay resquicios de frutas y ausencias
dolores de estómago y atónitas presencias
una caricia suave de la amante cautiva
una música italiana de raza y de rezo.
Con un beso en tu pecho he sellado nuestro pacto
condenado glorioso a amarte y bendecirte
Odiseo orgulloso regresaste de tus guerras
hacia ti Penélope furiosa e indomable reina.
Quiéreme entre las tinieblas del amor
y los viajes entrañables
entre las guerras de los dioses
y los lamentos de los muertos.
Entre la voz disidente de los entrometidos
y la pasión con que aman los sátiros.
El amor es un fulgor azul
una herida abierta en el labio inferior
el olor del mar en otoño gris
la paz de las aves hacia el sol
la furia de Aquiles y su muerte.
-----------------------------
La foto fue tomada por Susan Abril
sábado, 31 de mayo de 2008
LOS SUEÑOS Y LA MUERTE

No era una pesadilla ni velorio
Un sueño pasible y emocionado
El amigo muerto la crueldad ausente
La inocencia vaga entre el
Tumulto de alucinaciones.
Hay un fuego y temor que
Me estropean el sueño
Abrasan mi cerebro y
Aguijonean mis ojos.
Los sueños y la muerte que
Enredan mis noches en
Despertares furtivos
Tenebrosos.
Yo no sé que quién invoca fantasmas
Las cicatrices violentas
Vueltas a abrir
Por espacios y sueños
Y tormentos y gritos
Por la espuria y tenebrosa
Furia animal.
Sueño intranquilo
Terrible y vacío
Lágrimas y sollozos
Entre la sepultura de mis ojos
Y el olvido.
Un sueño pasible y emocionado
El amigo muerto la crueldad ausente
La inocencia vaga entre el
Tumulto de alucinaciones.
Hay un fuego y temor que
Me estropean el sueño
Abrasan mi cerebro y
Aguijonean mis ojos.
Los sueños y la muerte que
Enredan mis noches en
Despertares furtivos
Tenebrosos.
Yo no sé que quién invoca fantasmas
Las cicatrices violentas
Vueltas a abrir
Por espacios y sueños
Y tormentos y gritos
Por la espuria y tenebrosa
Furia animal.
Sueño intranquilo
Terrible y vacío
Lágrimas y sollozos
Entre la sepultura de mis ojos
Y el olvido.
lunes, 26 de mayo de 2008
UN CUENTO DE FIDEL ALMIRON
La agonía de Phuti Phuti
Ya, hija, despierta se te hace tarde… Se escuchó en su puerta, ella aún hacía el amor; cual fuelle tierno, con el Morfeo. Movilizó su pequeño cuerpo, se llevó las manos a los ojos, para frotar y despedir las legañas que cubrían esos ojos grandes y fijos; los párpados le pesaban…—apúrate, hija— otra vez se escuchó. Ella aún peleaba con la pesadez para dejar la cama y meterse a la ducha de agua fría y calzarse un uniforme de gala, porque los lunes se acostumbraba ir bien uniformado, ya que aún se cantaba el himno nacional y el saludo a la bandera.
Jana después de un berrinche de pereza dejó la cama, se dio un duchazo ligero, se cambió, tomó el desayuno rápidamente, miró el reloj y las manecillas indicaban la hora exacta; cogió el maletín, se acercó a su madre para despedirse con un beso en la mejilla. Al salir, sintió un hilo frío de viento que cortaba la piel y un cosquilleo en el cuerpo y bostezó sutilmente, se tapó la boca.
—Sube, Jana—gritó el chofer, un hombre de un aspecto femenino, y sonrió.
En el transcurso se sentía extraña, unas ansias le carcomían el cuerpo —Qué me pasa— se interrogó, presentía algo, pero no sabía que le causaba esa angustia. Llegó al colegio; en la puerta, como siempre, se paraba un profesor de una sonrisa forzada.
—Hola, Profe— saludó, dirigiendo una mirada rápida.
—Hola, hijita— respondió el profesor, amablemente.
Se iba encontrando con sus compañeros; las miradas la flecharon, esas miradas de consuelo o de lástima, ella se preguntó sin articular nada —¿Qué pasó?—. Josefina se le acercó mientras ella no entendía la actitud de sus compañeros, las miradas de lástima aumentaban, los profesores se encontraban cabizbajos.
—Jana, lo sentimos—habló Josefina
—Qué ha pasado— se preocupó
—…— el silencio era inmenso, movieron la cabeza
— ¡Ya! ¡¿Qué pasa?!— se alteró
—Es Renato— balbuceó Sheila
—Qué le ha pasado— miró alrededor, buscaba con la mirada, la tristeza bañaba el rostro de los alumnos, su profesor tutor lucía un terno negro, el coordinador entraba a la oficina del colegio apresurado.
—Renato ya no está entre nosotros— habló Sofía.
— ¿Cómo?—
—Sí, así como lo oyes, tienes que ser fuerte— continuó Sofía —ayer venía con su mamá de Camaná y el bus se volteó, y él…—
—¡Nooooooooooo!— Jana interrumpió, para luego fundirse en un llanto interminable.
La voz se le quebró, se tomó el rostro, las chicas la abrazaron, las lágrimas iban bañando los párpados de cada de uno de los alumnos. Renato, el enamorado de Jana, ya no era más alumno del colegio, había perdido la vida en ese trágico accidente. El bus venía de Camaná abordo con 55 personas y por la irresponsabilidad del conductor chocó y luego cayó al abismo. El resultado del accidente fue de tres personas fallecidas.
Jana no se recuperaba de la noticia, lloraba interminablemente. Traía al recuerdo las sonrisas de Nato, sus caricias, su voz, sus bromas, más cuando recordó que él fue quien le puso a Jana el apodo de “phuti phuti”. Cuando ella, en el día de la madre, recitó una poesía loncca donde pronunciaba esas palabras para referirse al maíz hervido bien reventado.
“Puti puti” se secó las lágrimas, abrazó a su profesor tutor. Ese día suspendieron las labores para asistir al sepelio realizado en el cementerio la Apacheta. Amigos, profesores y familiares le lloraron por última vez a Renato, el chico de la sonrisa tierna.
Desde aquella vez Jana ya no volvió al colegio. Sus padres la enviaron a Europa con sus tíos.
Fidel Almirón
Abril 2008
PRÓLOGO A LA RATONA DEL DIABLO DE FIDEL ALMIRON

Esperábamos desde hace mucho la a aparición del primer libro de cuentos de Fidel Almirón, desde sus primeras publicaciones en la revista Náufrago.
En la mayoría de cuentos Fidel presenta un eje temático que gira en torno al amor o desamor; curiosamente , esta literatura que podría ubicarse dentro del urbanismo presenta todas las características de un romanticismo de finales del siglo XIX en el Perú.
Los dos primeros cuentos, por ejemplo, presentan al narrador— personaje que dispone de todos sus medios estéticos a la manera de una prosa casi poética. El argumento es sencillo, un instante de desamor, de nostalgia, privando lo hechos al sentimiento. El narrador traza una alegoría al dolor y a la pérdida del ser amado.
Esta fórmula se repite en casi todos los cuentos. Es como si Fidel Almirón estuviese intentando en cada narración quizás una misma historia.
Como dije, si bien, el espacio- tiempo de los hechos se identifican fácilmente en nuestra época, en un realismo urbano; el tema trascendental es amoroso, como las novelas sentimentales que inundaron el siglo XIX. En el Perú, el caso más notable es el de Luis Benjamín Cisneros, y su novela más lograda Julia; pero la influencia literaria de Fidel Almirón no va por esos rumbos, quizás sea Bécquer y Jorge Isaac, de donde escogió algunos modelos ; esto quizás—en el caso de Bécquer—nos explicaría ese intento de las primeras dos narraciones, una prosa poética que linda más con lo lírico que con un hilo argumental lleno de situaciones y tropiezos, como sucede en las narraciones siguientes.
Es a partir de Ilusión perdida en que la combinación del desamor doloroso entra en juego con recursos locales, lugares comunes, un léxico coloquial y vulgar. Ahí la escuela de donde tuvo alguna influencia es sin duda Jaime Bayly.
Quizás sea por ello que Fidel busca una comunión especial con el lector, ayudada por rasgos orales y culturales en sus historias.
Ese ritmo en la narración y a veces en un humor trágico, concibe la historia urbana llena de bares y burdeles combinada con un derrotismo fatal e imposibilidad del triunfo amatorio.
Wailía, marca un derrotero y estética distintos. Podemos concebirlo quizás como una muestra de otro estilo, quizás una estética distinta que podría desarrollarse en un próximo libro de Fidel.
No podemos sino que remitirnos en este intento estético a Arguedas y la transgresión en el lenguaje. Un cuento indigenista se puede escribir de muchas formas. El punto y perspectiva de Ventura García calderón y Enrique López Albújar pueden tener por ejemplo, más coincidencias que diferencias. Es una perspectiva occidental de valoración y como juego de ideal de representación de un mundo conflictivo e inexplicable para ellos.
Arguedas por otro lado, confluye las dos perspectivas, no solo tenemos una perspectiva andina, como muchos quieren creer, sino también hispana, hay un inclusión, una suma de perspectivas y valores, un rito tensional que alude a la utilización de una cultura hispana para explicar otra subyacente, la andina.
Arguedas tuvo la genialidad de quechuizar el castellano, Fidel Almirón tiene una feliz coincidencia en eso, y la verosimilitud que logra en este último cuento es importante utilizando ese recurso.
Por eso, quizás, este último cuento sea el hito que marca dos etapas en la narrativa de Fidel; una, la que hace juego con los lenguajes urbanos y los corazones sentimentales; la otra, experimental pero mucho más ambiciosa, en la que podría encontrar una próspera carrera literaria que todos los náufragos le deseamos, desde los tiempos memorables a la salud de un vaso de ron en una casona antigua en el centro de Arequipa, entre los aullidos de perros y la camaradería de una vieja amistad.
Henry Rivas
miércoles, 5 de diciembre de 2007
En las puertas del infierno
Henry Rivas Sucari
henryrivas2001@yahoo.es
En las puertas del infierno
I
I
El martes doce de abril de mil novecientos noventa y ocho, un suceso tenebroso, me produjo un trauma que los doctores nunca pudieron curar. Mi amigo Matías y al que todos en el colegio llamábamos gato plomo, irrumpió por la parte trasera de la clase del instituto en que yo estudiaba inglés, con un revólver en la mano, y ante mi asombro y el de mis compañeros, de un tiro en la cabeza asesinó a un adolescente de nombre Daniel Belzú.
El tiro vino de atrás, yo observé de soslayo la explosión, los sesos y la sangre desparramados a mi costado, y percibí un olor de pólvora. El hecho central está en que Daniel, había pedido prestada mi casaca marrón, en vista que yo tenía además una chompa negra. A lo que voy es simple, Matías asesinó a un tipo confundiéndolo conmigo, pues al ingresar por detrás de la clase, se fijó en la casaca, y un parecido en el peinado, para estar seguro que ejecutaría su venganza.
Esto por supuesto nadie lo sabe, pues al salir apurado, después de cometer su crimen, el asesino se disparó inmediatamente en la cabeza, acabando para muchos con la historia. Lo cierto es que todo pasó a vuelo de pájaro, yo inferí el resto en base a investigaciones personales y por qué no, a darme cuenta en mis noches de insomnio del cinismo extravagante al que solemos acudir los hombres. Esta es la historia:
A Matías lo conocí en el colegio Internacional, donde asisten los niños acomodados de la ciudad. Cuando el profesor lo presentó como alumno nuevo, algo en él nos llamó la atención, una mirada entre risueña y sonriente nos hacía recordar a esos dibujos de las caricaturas animadas. Estábamos en tercero de secundaria y ya muchos habíamos cambiado la voz, pero Matías Roveggiano, que es como se llamaba, aún expresaba eso que nosotros llamábamos cara de niño, o hasta de niña, porque tenía rasgos delicados y finos. Al comienzo lo batían: pasadas de mano, robarle su propina; o quitarle el cuaderno para presentarlo y no darse cuenta que estaba llorando, sí , claro, esa fue la vez que la pena se convirtió en algo que él pensó, era amistad; porque yo lo defendí , y a los dos días no hacía otra cosa que seguirme. Matías era callado, excesivamente introvertido, al principio yo lo defendía por interés, pues así me invitaba sólo a mí, con sus preciadas propinas. Si alguien quería sangrarlo yo le ponía el pare y hacía que Matías guarde todo su dinero para invitarme.
Allí todos teníamos dinero, el robar era un rito iniciático de adolescentes, la brutalidad de nosotros, los hombres, nuestro machismo natural. Cuando acabamos el colegio dejé de verlo por mucho tiempo, algo supe que no había ingresado a la universidad estatal, eso a nosotros no nos preocupaba, porque sabíamos que nuestro lugar estaba en la privada.
Fueron exactamente tres años cuando nos volvimos a encontrar, él esperaba en el paradero de los ferroviarios a una muchacha de nombre Lelia para una cita , pero cuando me vio, caminando con un cigarro en la boca, no pudo menos que saludarme y pedirme que conversáramos un rato; yo le expliqué que estaba apurado, pero luego la mirada se me desvió y me apresuré a piropear a una muchacha trigueña que caminaba en la acera de en frente, ésta llevaba un jean ceñido y una blusa que dejaba ver sus brazos desnudos, la chica enrojeció, pero se acercó a nosotros. Yo no sé si tú, amigo lector crees en el presentimiento, pero yo sentí que allí comenzaba una historia y algo trágica para Matías, pues resultó que aquella muchacha era Lelia. Matías, como no podía ser de otra manera en su caso, nos presentó. Estoy seguro que la impacté, Lelia no cesaba de mirarme, y ahí el idiota de Matías insistió en que los acompañara al cine; por supuesto, acepté.
Muchas veces me han hablado de la amistad, la traición, no fijarse en la mujer del prójimo y demás estupideces. Mi filosofía es simple, todo está en la mujer, si ella te engaña con tu mejor amigo, cómo te engañará entonces con el resto del mundo; simple y práctico, tanto hombres como mujeres gustamos de distintas parejas, podemos quizás llegar a amar a alguien, pero eso no impedirá que otra persona nueva llegue y te apasione. Elemental mi querido lector, la vida pasa rápido, veloz, y nosotros sólo somos la esencia de algo que en el fondo siempre estuvo mal.
Mientras Matías se dirigía hacia la barra a comprar algo para ver la segunda parte de la película, Lelia me dio su teléfono, ojo que yo no se lo pedí. Cuando llegó Matías argumenté que era tarde, tenía que marcharme.
Pasadas dos semanas invité a Lelia a salir, nos citamos en un café que yo conocía, era de tarde y aproveché la soledad del segundo piso para conducirla allí.
—Y entonces, no tienes enamorada.
—No, estoy solito.
—No te creo, para mí que sí tienes, un chico como tú, tan guapo.
En ese instante aproveché para acercarme y besarla, siempre he creído que para toda relación las cosas deben ser directas, sin artificios, si una persona te gusta hay que decirlo y actuar, sino le gustas, bien, ya no pierdes el tiempo persiguiéndola e intentas por otro lado. A los pocos días la llevé a mi departamento. No recuerdo exactamente en que momento recordé a Matías, fue quizás una conversación, la asociación de un vago recuerdo, el remordimiento de estar acostándome con una chica que le gustaba o el sentir que su chica ahora era mía.
No sentía fidelidad a nadie, ni a Mara, Luisa o Josefina, que eran mis amantes de ese entonces. Lo curioso, es que Matías seguía pensando que yo era su único y verdadero amigo, eso me lo hizo saber una tarde que lo encontré por el centro de la ciudad. E incluso me pidió consejos para declararse a Lelia, creo que fue allí donde tramé el plan; yo sabía que Matías había progresado, que trabajaba en la constructora de su padre, tenía dinero; yo en cambio hacía mucho había fracasado, el llevar una vida en base al instinto había hecho que derrochara la pequeña fortuna que heredé . Ahora vivía de las pensiones que me enviaba mi madre desde la Argentina, mi padre hace muchos años se había fugado a Chile con su secretaria.
Lo peor es que yo había abandonado la universidad, la carrera de Derecho me aburría, me desesperaba, no me veía de ahí a algunos años, encerrado en vericuetos legales.
Cuando Lelia fue a buscarme a mi departamento, le propuse el plan, este consistía en que ella aceptaría a Matías, así aprovechábamos su estupidez para sacarle dinero de a pocos: para la pensión de su universidad, para mis deudas atrasadas, para el alquiler de mi departamento, y así se nos iría ocurriendo cada vez que necesitáramos (porque ahora éramos socios) dinero.
El plan salió magnífico, nos dimos la gran vida a costa de Matías, quien no cesaba de agradecerme el que yo halla influido en la decisión de Lelia, e incluso ahorré algo con lo que me metí al curso de inglés donde ocurrió el asesinato.
II
A veces uno piensa que el orden que uno predispone debe durar toda la vida, que una mentira o un gran hallazgo debe ser inmutable hasta el fin de los tiempos, yo no contaba con que Lelia se enamoraría de mí, que aborreciera cada salida con Matías, que me pidiera y hasta rogara que no la obligue a esa canallada, pero eso a mí no me convenía, más de una vez la traté mal, lo cual, como siempre pasa hizo que se obsesionara más en mí. Una tarde, en que hacíamos el amor, con desenfreno, avidez, excesiva lascivia, (como a menudo sucedía) alguien tocó mi puerta, al principio no hice caso, pero como insistía tuve que acabar, ponerme una bata y abrir... ¡Sorpresa!
—Hola amigo, necesito hablarte, anoche otra vez me plantó Lelia.
— ¡Carajo, ahora estoy ocupado!
—Es que no tenía con quién hablar, además tú eres mi único amigo y yo...
— ¡Yo no soy tu amigo! — grité casi histérico, pero esta vez, fue su rostro, la tristeza de su expresión la que me hizo ceder.
—Lo siento, no quise molestarte.
—No Matías, discúlpame tú a mí, es que no soy el mejor amigo en ningún caso, más tarde paso a buscarte y hablamos, bien.
—Bien.
Pero de pronto, un sollozos, unos gemidos comenzaron, como una víbora mortífera, a ocupar cada rincón de la sala.
— ¿Con quién estás?
—Esteee..., con una amiguita, tú sabes.
—Es que me parece que estuviese escuchando a Lelia...perdón, no quise dudar de ti, es sólo que..., es mejor que me vaya.
Fue entonces que me di cuenta que la situación se hacía insostenible, Lelia ya no estaba dispuesta a colaborar, estaba tontamente enamorada para mis aspiraciones. Cuando despaché a Matías, irrumpí furioso en el cuarto.
— ¡Eres una estúpida! , por poco nos descubre.
— ¡Sólo eso te preocupa!— exclamó entre sollozos y con tono suplicante — ¿Yo no te importo?
— ¡Tú me importas diez céntimos! , ja, ja, ja.
A veces el rubor de la cólera, de la exaltación, nos hace decir cosas que no pensamos, que no sentimos, y lo peor de todo es que me reía como un demente, agachándome por la impresión, luego recostándome en la cama para tranquilizarme de tanta risa. Y ella, cómo lloraba, fue quizás ahí donde lo planeó todo.
III
Dos semanas después, en que, ingenuamente creí apaciguar los ánimos de Lelia, y la convencí para que le diera más importancia al bruto de Matías, ella me citó al hotel Vítor, un lugar cuidadoso, pulcro, discreto. Dentro, en una habitación, Lelia se encargaba de complacer mis más recónditos instintos, lascivia salvaje de mujer despechada, de mujer enamorada que busca en el deseo, en el placer, un síntoma de reconciliación. Fue quizás un instante de duda, de sobresalto, que me hizo preguntarle, por qué había preferido el lugar, si teníamos mi departamento para los hechos, pero sus labios, sus piernas, el estremecimiento que produjo en mí el furor de un ataque de pasión, hizo dejar de lado mis temores. Y fue allí, cuando luchábamos por alcanzar el orgasmo, en la escena más intensa de mi vida, que llegó otra a opacarla, la de mis pesadillas, aquel momento que se veía venir como raro indicio de fracaso. De un patadón, Matías abrió la puerta, y contempló el cuadro con estupefacción, delirio en su mirada, lágrimas en sus mejillas. El resto es muy confuso, y lo recuerdo como el acto de una mala noche que hay que borrar para siempre de la memoria. Yo callado, sin comprender lo que pasaba, Lelia con una sonrisa descarnada, falsa, fuera de lugar, el imbécil de Matías gritando como un lunático, gemidos como los de un animal, movimientos en hélice de sus brazos, como si fuera un extraviado buscando la ayuda de un helicóptero, o algo así, ¡Diablos!, y este es el momento que más daño me hizo, Lelia diciéndole: “¿Ahora me crees?”.
La escena, que recién empezaba a aclarárseme, me despertó un lapso de lucidez. Aproveché para vestirme, mientras los alaridos de Matías se confundían con una carcajada extraña, inefable, de Lelia. Salí apurado en busca de un taxi.
A los pocos días, los diarios informaban en primeras páginas y especiales, sobre el asesinato que hizo Matías y su suicidio. Se equivocaban mucho en las especulaciones, anunciaban que los indicios apuntaban a un ajuste de cuentas, otros, los diarios sensacionalistas, se pronunciaban sobre una relación homosexual. A nadie se le ocurría que había sido un error, lo que era fácil de comprobar, por mi casaca, aun así abandoné el instituto y me dejé arrastrar por la bohemia, y una actitud delirante que me embargó por aquellos días.
Tres meses después, me enteré que Lelia había viajado a un pueblito de la costa, un puerto pequeño de nombre Chala, yo suponía que mi aventura, además de fracasar había terminado. Nunca estuve más equivocado.
Las frecuentes pesadillas me inundaban de terror, se me venía una y otra vez la escena del hotel, luego la del asesinato. Y a veces se mezclaban hasta convertirse en una sola. Lo que más me producía horror eran los alaridos de Matías y a veces lo veía como si llegara de nuevo para pedirme que le ayudara con Lelia.
Mi estado físico y anímico había cambiado, enflaquecí doce kilos, y me hallaba en un estado tal de paranoia, que tuve que recurrir a los principales psiquiatras de la ciudad. Al principio me mostré cauto, reservado, no quería que supiesen la verdad, pero lo hice finalmente cuando una noche, en que logré dormir algunas horas sin necesitar valium, tuve la más horrenda de las pesadillas. En un hermoso lago, con un sol claro, suave, y un cielo azul, jugábamos Lelia y yo, y luego, arrastrados por la pasión, procedíamos a desnudarnos y amarnos, pero una pequeña lluvia hacía que tratemos de salir, y por más que nadábamos no llegábamos a la orilla. Entonces llegaba Matías, sucio, con una expresión de maldad en el rostro y una daga plateada en la mano. Él se acercaba hacia nosotros, agigantándose a medida que avanzaba, convirtiéndose en un monstruo, mientras lanzaba aquellos alaridos siniestros, llenos de dolor, que a mí en todo caso, me hacían temblar. Vi a Lelia ser despedazada a tajos por esta especie de esperpento deforme, y cuando llegaba a mí, tal era mi desesperación, que de un grito desperté y no hice otra cosa que encender todas las luces, para comprobar mi realidad.
Pensé que los doctores llamarían a la policía, que me denunciarían, pero por el contrario, asumieron una actitud tolerante, frívola, de escuchar y no discutir, solamente proponer un diagnóstico y una terapia. Querían internarme en una clínica psiquiátrica durante un par de meses a modo de descanso, fue entonces cuando algo cambió totalmente el rumbo que había elegido seguir.
IV
Un lunes por la mañana, alguien tocó mi puerta, era el cartero. La carta era de Lelia, la abrí de inmediato. Decía: “Hola amor, me enteré de lo de Matías, no sabes lo preocupada que estoy por ti, ni todas las dudas y lamentaciones que me vienen a la cabeza. Necesito verte, yo no puedo viajar a la ciudad, por ahora eso es imposible, pero quiero que tú vengas, aquí nos podemos olvidar de todo lo pasado, podemos empezar de nuevo. Te mando la dirección abajo, ven, te espero.
Te ama
Lelia”
La verdad es que no lo pensé mucho, y para la tarde, ya estaba abordando un bus que me llevaría al puerto. No sé, pero me vinieron a la mente de pronto imágenes, gestos, voces, nuestra última relación sexual, lo perfecto que había sido; lo bello y sensual que nos había llenado. Pero de pronto un súbito temblor, un sentimiento de culpa, de odio a mi mismo, a mi hipocresía, hicieron que sienta reventar mi cabeza. Eran los alaridos de Matías, la forma imbécil de cómo lloraba, como sufría, grité como quién despierta de una pesadilla; el bus frenó, todos se asustaron. El ayudante del chofer me hizo descender un rato, respiré, miré el comienzo de la noche; me parecía haber lanzado un alarido exacto al de Matías, ¡Demonios!, estaba delirando.
Lelia me recibió en el paradero principal, sus besos, sus caricias, no sacaban de mi mente los alaridos. No sentí el paso del tiempo, ni la caminata por las calles principales. Estando ya en su habitación recién me di cuenta en que andaba. No recordaba haberla visto desvestirse, ahora se presentaba ante mí, con un tul blanco transparente, se le notaba casi la totalidad de sus senos.
—Quiero amarte otra vez, necesito amarte otra vez.
—Lelia yo...me duele mucho la cabeza.
—Quiero que me ames, ya no debes preocuparte, Matías está muerto, aquí tengo su dinero — se dirigió a un maleta pequeña de cuero verde.
—No entiendo, ¿Acaso tú...?
—Sí, yo, tu discípula predilecta, la mejor de todas, exigí a Matías veinte mil dólares por la verdad, mi verdad, puesto que tú no conoces ninguna verdad.
— ¿Acaso fuiste capaz?
— ¿Es que no te das cuenta?, ¿Acaso no querías dinero?, ¿No adoras el dinero?, pues ¡Maldita sea, ya lo tienes!, ahora adórame, ámame, seremos un solo cuerpo, una sola alma, juntos, para siempre.
Ahora me servía una copa de ron, comenzamos a beber, sentados en la alfombra, luego yo echado en sus piernas sin comprender absolutamente nada, escuchando sus proyectos, sus sueños, que en todo caso, debían ser los míos.
Al poco rato me mostró una daga menuda, con mango de plata, fina, filudísima.
—Vamos a hacer un pacto eterno— comenzó a rasgarse el dorso de la muñeca.
—No, esto ya es demasiado.
—Amor, necesito tu mano, está bien así, no te dolerá.
Yo le había regalado mi mano y casi ni sentí la cortada, de pronto juntó su herida a la mía, la sangre comenzaba a ensuciar la alfombra.
— “Este es el pacto de Luzbel, por el que las almas quedan unidas hasta el fin de los tiempos”. Amor, no te quedes callado, repite conmigo, hasta el fin de...
— ¡Vete al infierno!, ¡maldita bruja, ¿acaso no te das cuenta?, Matías se mató por nuestra perrada, échame la culpa de todo si quieres, pero no me ridiculices con estos conjuros imbéciles.
— ¡Y todo lo que hice por ti!, ¡yo le aconsejé a Matías que se matara!, ¡fui yo!, pero nunca pensé que intentara matarte, lo quería lejos de mí, de ti, de nuestra felicidad, ¡entiende por favor!
— ¿Qué has hecho maldita ?— le lancé una cachetada, ¡Por un demonio!, cómo no me di cuenta, ¿En qué momento cogí yo la daga? Le abrí un boquete enorme en la yugular, no entendí nada, estaba como loco, con ganas de golpearla y luego abrazarla, sentimientos confundidos donde aparecía la imagen como maldición de Matías. Ahora ella se ahogaba con la sangre, yo trataba de sujetarla, pero la sangre salía a borbotones, ahora también por su nariz, por su boca. De pronto ya no se movía, su expresión era extraña, de desesperación, de una imagen macabra horripilante.
Me pasé el filo de la daga por los dedos, comenzaron a sangrar, al igual que mis labios, cuando hice lo mismo. Respiré hondo, y pasé rápida y fortísimamente la daga por mi yugular.
Lo tibio de la sangre, lo dificultoso para respirar, ahora los mareos y la debilidad. Estoy a tu lado Lelia, como tú lo quisiste, como nos descubrió Matías, quizás ahora por fin aprenda a quererte, a querer a alguien, nuestro pacto sagrado sirvió, tendremos la eternidad en los infiernos...
He yacido en esta fosa
Henry Rivas Sucari
henryrivas2001@yahoo.es
He yacido en esta fosa
He yacido en esta fosa cuatrocientos ochenta y ocho años. Yo sabía que algún día me encontrarían, me desenterrarían. Si me preguntaran como puedo dar mi versión sobre el tiempo, les respondería que fácil, la humedad, las lluvias periódicas y las épocas de sol, la sentimos también los de abajo.
Yo he querido responderme a muchas preguntas todo este tiempo en que había yacido mientras cada línea de mi tejido iba desapareciendo y haciéndose pedazos, cada vez que la humedad o la sequedad iban carcomiendo no sólo mi cuerpo sino también mi espíritu.
Yo, Paul Selley, natural de York, fui asesinado por Percy Bunsey, en el año mil quinientos doce de nuestro señor.
Cuando llegué a las Indias que muchos ya consideraban un nuevo territorio, lo hice en una embarcación que siguió a las de Colón. Me contrataron como médico de la tripulación. Esta se llamaba El Lucidor y estaba compuesta por españoles, ingleses, franceses, italianos y holandeses, por supuesto todos pilluelos, jóvenes y viejos recién salidos de las cárceles.
Presencié dos motines en los que degollaron a dos oficiales de la armada inglesa. Y en los que cambié de jefe sin protestar. Así que tuve muchos trabajos, suturando y cociendo heridas, cambiando vendajes, curando a un adolescente que fue violado una noche por treinta y dos marinos y por poco muere desangrado. Cuando llegamos a la Isla Isabel La Católica, nos encontramos con que la guardia española no pasaba de doce sujetos que vivían como en un paraíso. Mujeres exuberantes y hermosas, comida abundante y ese sol que nos llenaba de una energía afrodisíaca. Yo mismo me enamoré perdidamente de una preciosa aborigen. Mi paraíso duro exactamente cuarenta y dos días, en los que me perdía en una de las innumerables playas y lagunillas haciendo una y otra vez el amor con Batrica, que en su idioma pudo explicarme con gestos y ademanes significaba fuerza volcánica. Yo estaba enamorado de sus caderas abundantes y la apacibilidad de su rostro, de sus dientes de conejo y sus ojos lánguidos, de su cabello moreno y sus piernas perfectas, color mate, inyectándome su manera de besar, su boca caribeña y ese sexual ardor tropical que me hizo tan feliz.
Pero la felicidad esta hecha para recordarla y extrañarla. El Capitán Villaescusa, jefe de la isla, se enteró que los españoles ya sabían que la nave había sido tomada por la fuerza, de una manera ilegal, indigna. Fue allí donde comenzó la cacería que involucró de una manera salvaje a los naturales; a quienes manipularon para una lucha sangrienta fratricida. Yo sabía que el Capitán Villaescusa deseaba a Batrica, y me procuré tenerla siempre alejada de él. Pero yo sólo era un médico y no sabía pelear. Fui capturado junto a los integrantes de mi tripulación con el cargo de traición a no sé a que rey. Me habían capturado y encerrado en una cabaña mientras Batrica me hacía temblar con sus llantos, con sus gemidos, con esa manera espantosa de preocuparse por mí.
La madrugada del doce de octubre de mil quinientos doce Percy Bunsey, pillo inglés, cumplió la orden de Villaescusa, pasándome una espada por mi garganta, mientras yo trataba de desamarrarme la soguilla que me ataba al palo alto al que estaba sujeto. Recuerdo el cielo celeste, el rugir del mar al chocar contra unas rocas, mi pueblo aroma lejano, allá en Inglaterra y sobretodo la mirada lánguida y triste de mi único y gran amor... Batrica, mi amor, mi dulce Batrica.
Epílogo
Crónica del diario Arequipa al día, martes 18 de julio del 2000
(…)Continúan las investigaciones, sobre el misterioso esqueleto, hallado en El Salvador, por el arqueólogo Peruano de origen Inglés. Bertie Shelley. (…)
henryrivas2001@yahoo.es
He yacido en esta fosa
He yacido en esta fosa cuatrocientos ochenta y ocho años. Yo sabía que algún día me encontrarían, me desenterrarían. Si me preguntaran como puedo dar mi versión sobre el tiempo, les respondería que fácil, la humedad, las lluvias periódicas y las épocas de sol, la sentimos también los de abajo.
Yo he querido responderme a muchas preguntas todo este tiempo en que había yacido mientras cada línea de mi tejido iba desapareciendo y haciéndose pedazos, cada vez que la humedad o la sequedad iban carcomiendo no sólo mi cuerpo sino también mi espíritu.
Yo, Paul Selley, natural de York, fui asesinado por Percy Bunsey, en el año mil quinientos doce de nuestro señor.
Cuando llegué a las Indias que muchos ya consideraban un nuevo territorio, lo hice en una embarcación que siguió a las de Colón. Me contrataron como médico de la tripulación. Esta se llamaba El Lucidor y estaba compuesta por españoles, ingleses, franceses, italianos y holandeses, por supuesto todos pilluelos, jóvenes y viejos recién salidos de las cárceles.
Presencié dos motines en los que degollaron a dos oficiales de la armada inglesa. Y en los que cambié de jefe sin protestar. Así que tuve muchos trabajos, suturando y cociendo heridas, cambiando vendajes, curando a un adolescente que fue violado una noche por treinta y dos marinos y por poco muere desangrado. Cuando llegamos a la Isla Isabel La Católica, nos encontramos con que la guardia española no pasaba de doce sujetos que vivían como en un paraíso. Mujeres exuberantes y hermosas, comida abundante y ese sol que nos llenaba de una energía afrodisíaca. Yo mismo me enamoré perdidamente de una preciosa aborigen. Mi paraíso duro exactamente cuarenta y dos días, en los que me perdía en una de las innumerables playas y lagunillas haciendo una y otra vez el amor con Batrica, que en su idioma pudo explicarme con gestos y ademanes significaba fuerza volcánica. Yo estaba enamorado de sus caderas abundantes y la apacibilidad de su rostro, de sus dientes de conejo y sus ojos lánguidos, de su cabello moreno y sus piernas perfectas, color mate, inyectándome su manera de besar, su boca caribeña y ese sexual ardor tropical que me hizo tan feliz.
Pero la felicidad esta hecha para recordarla y extrañarla. El Capitán Villaescusa, jefe de la isla, se enteró que los españoles ya sabían que la nave había sido tomada por la fuerza, de una manera ilegal, indigna. Fue allí donde comenzó la cacería que involucró de una manera salvaje a los naturales; a quienes manipularon para una lucha sangrienta fratricida. Yo sabía que el Capitán Villaescusa deseaba a Batrica, y me procuré tenerla siempre alejada de él. Pero yo sólo era un médico y no sabía pelear. Fui capturado junto a los integrantes de mi tripulación con el cargo de traición a no sé a que rey. Me habían capturado y encerrado en una cabaña mientras Batrica me hacía temblar con sus llantos, con sus gemidos, con esa manera espantosa de preocuparse por mí.
La madrugada del doce de octubre de mil quinientos doce Percy Bunsey, pillo inglés, cumplió la orden de Villaescusa, pasándome una espada por mi garganta, mientras yo trataba de desamarrarme la soguilla que me ataba al palo alto al que estaba sujeto. Recuerdo el cielo celeste, el rugir del mar al chocar contra unas rocas, mi pueblo aroma lejano, allá en Inglaterra y sobretodo la mirada lánguida y triste de mi único y gran amor... Batrica, mi amor, mi dulce Batrica.
Epílogo
Crónica del diario Arequipa al día, martes 18 de julio del 2000
(…)Continúan las investigaciones, sobre el misterioso esqueleto, hallado en El Salvador, por el arqueólogo Peruano de origen Inglés. Bertie Shelley. (…)
La última carta de amor de Lord Henry
Henry Rivas
henryrivas2001@yahoo.es
La última carta de amor de Lord Henry
Te estoy esperando en los momentos taciturnos que ha despedido mi insomnio, en esta noche de luna llena.
Te estoy mirando con las velas de la eternidad de la luna, en que tu rostro dibujado hace catorce años, me sonríe con esa expresión de niña traviesa, de deliciosa coqueta, de aquel presentimiento de muerte, que inició esta etapa de locura.
A veces, apostado, en noches como esta, en mi cama; pienso que tú no has muerto. Que las velas iluminarán el pasillo de madera, de este castillo encantado; y que volverás a nuestro tibio lecho, como si aquel domingo aciago no te hubieses ahogado al caerte de ese bote, en que paseabas anhelante de encontrarme a las doce del medio día, mi cita fatal, tenebrosa y vacía.
A veces, mirando las formas de la pintura, me pregunto si yo también he muerto; entonces me vuelco sobre la almohada y lloro con gemidos de mujer. Imitando quizás tus gemidos, cuando yo demoraba en una cacería y llegaba tarde a nuestro lecho para hundirnos al amor.
No, no creo que hayas muerto, porque tu fantasma no me ha visitado aún y los claveles rojos siguen floreciendo y recordándome cada gota de sangre perdida después de mi primer intento de suicidio. Soy un cobarde para los poetas, por no perseguirte a los albores de la muerte. Pero no es así, a veces pienso, que la muerte es la nada, entonces sufro de verdad porque presiento que te he perdido. Y sólo la vida puede prodigarme recuerdos, besos, gestos, caricias, y alcanzarme la sensación perdida de que vuelvas a mi lecho. ¡Oh, Leonor!, ¿por qué te fuiste?, ¿por qué estoy aquí cargando las velas para guiarte a mi lecho y llorar sobre tus hombros?, ¿por qué nadie me visita y me llaman loco, cuando no comprenden que un hombre rico, también puede ser desgraciado?, ¿por qué tu retrato sigue produciendo en mí tanta melancolía y sollozos y desvelos durante tantos años?, ¿por qué?.
Ya está amaneciendo, las velas casi se han acabado, es hora, de pasear por nuestros rincones en la hacienda, y cuidar las flores, que tanto te gustan mi amor... por Dios, te he prometido no llorar, de día es nuestra promesa, tengo que arrancar el clavel y arrojarlo al lago, mi amor, yo voy a arrojarlo al lago como símbolo de esencia encantada y que perdurará en mi alma.
henryrivas2001@yahoo.es
La última carta de amor de Lord Henry
Te estoy esperando en los momentos taciturnos que ha despedido mi insomnio, en esta noche de luna llena.
Te estoy mirando con las velas de la eternidad de la luna, en que tu rostro dibujado hace catorce años, me sonríe con esa expresión de niña traviesa, de deliciosa coqueta, de aquel presentimiento de muerte, que inició esta etapa de locura.
A veces, apostado, en noches como esta, en mi cama; pienso que tú no has muerto. Que las velas iluminarán el pasillo de madera, de este castillo encantado; y que volverás a nuestro tibio lecho, como si aquel domingo aciago no te hubieses ahogado al caerte de ese bote, en que paseabas anhelante de encontrarme a las doce del medio día, mi cita fatal, tenebrosa y vacía.
A veces, mirando las formas de la pintura, me pregunto si yo también he muerto; entonces me vuelco sobre la almohada y lloro con gemidos de mujer. Imitando quizás tus gemidos, cuando yo demoraba en una cacería y llegaba tarde a nuestro lecho para hundirnos al amor.
No, no creo que hayas muerto, porque tu fantasma no me ha visitado aún y los claveles rojos siguen floreciendo y recordándome cada gota de sangre perdida después de mi primer intento de suicidio. Soy un cobarde para los poetas, por no perseguirte a los albores de la muerte. Pero no es así, a veces pienso, que la muerte es la nada, entonces sufro de verdad porque presiento que te he perdido. Y sólo la vida puede prodigarme recuerdos, besos, gestos, caricias, y alcanzarme la sensación perdida de que vuelvas a mi lecho. ¡Oh, Leonor!, ¿por qué te fuiste?, ¿por qué estoy aquí cargando las velas para guiarte a mi lecho y llorar sobre tus hombros?, ¿por qué nadie me visita y me llaman loco, cuando no comprenden que un hombre rico, también puede ser desgraciado?, ¿por qué tu retrato sigue produciendo en mí tanta melancolía y sollozos y desvelos durante tantos años?, ¿por qué?.
Ya está amaneciendo, las velas casi se han acabado, es hora, de pasear por nuestros rincones en la hacienda, y cuidar las flores, que tanto te gustan mi amor... por Dios, te he prometido no llorar, de día es nuestra promesa, tengo que arrancar el clavel y arrojarlo al lago, mi amor, yo voy a arrojarlo al lago como símbolo de esencia encantada y que perdurará en mi alma.
Jesús el Anticristo
Cuento escrito por Henry Rivas
henryrivas2001@yahoo.es
Jesús el Anticristo
He sido arrojado a este suburbio para tratar de enmendar los errores de la fauna que gobierna toda esta inmensidad de podredumbre, pero que yo amo. He tomado nuevamente forma de hombre. Ahora camino y mis movimientos, antes etéreos, veloces, infinitos; se convierten en lentos y frágiles. Si una piedra me cayera en la cabeza podría incluso morir o padecer durante mucho tiempo y la misión acabaría. Lo peor es que ya en mi prisión terminaría por sentirme un desgraciado.
Ya una vez fallé, cuando llegué por primera vez y me llamaron Jesús, el nazareno. Yo le pedí a mi padre para que me diera un origen terrenal más alto. Los judíos siempre han sido odiados y mi padre, que le gusta respetar sus compromisos (lo había hecho con Abraham, Moises, David, Salomón), a pesar de que le fallaron cumplió, y me humilló haciéndome nacer en un pesebre, viviendo en la pobreza, y por último haciendo cientos de milagros para que al final me asesinaran como a un cerdo. Clavándome en una cruz y ultimándome con un lanzazo en la costilla.
Y todo ese castigo en vano. La iglesia que fundé ha fracasado, el hombre siempre se aproximará a la maldad, gracias a mi padre, y él no entiende eso y sólo , guiado por su egolatría, me echa la culpa de todo.
Yo no me revelé por ambición como dicen las falsas escrituras. Para la literatura de los hombres mi primer nombre fue Luzbel, el hermoso rey de los ángeles. Mi supuesta rebelión no fue sino un acto de justicia. Mi padre está acostumbrado a jugar con sus creaciones, su soberbia y vanidad le impulsan a rodearlos de tentaciones para ufanarse de su poder. Yo protesté contra todas esas cosas, no sólo por el hombre sino también por los demás seres, incluso por mis hermanos, los ángeles: Tímidos y atemorizados hijos convenidos. Sin embargo algunos en un momento me rodearon y me dieron la razón, ahora purgan penas en mundos y rincones marginales, donde su poder se ha minimizado a la voluntad del supremo. Mi padre podría destruirme con un soplido de su poder si quisiera, pero como le gusta el juego, me transformó en hombre y me concedió algunos dones, para después abandonarme solo en una cruz, con el sol destrozando mi rostro y mi gloria opacada por las fauces del dolor, la humillación y la muerte. Entonces, yo que tengo la fe ciega en el hombre, regreso por segunda vez, arrojado a la tierra desde mi prisión de lava y fuego, para darme y dar a los hombres una segunda oportunidad. Y vuelvo con la convicción que no volví a nacer del vientre de una mujer, sino que llegué por el contrario, crecido con el poder de la divinidad de mi padre, y arrojado sin preámbulos desde sus dominios hasta la fauna en toda su decadencia; pero aunque el temor y la inseguridad inunden mis venas, mi voluntad es férrea y voy a pelear por aquella justicia y esperanza con que me espera la humanidad y mis hermanos, los ángeles. Aunque mi padre me haya despedido con una sonrisa maquiavélica, como la de un niño que está dichoso de contemplar otro juego.
henryrivas2001@yahoo.es
Jesús el Anticristo
He sido arrojado a este suburbio para tratar de enmendar los errores de la fauna que gobierna toda esta inmensidad de podredumbre, pero que yo amo. He tomado nuevamente forma de hombre. Ahora camino y mis movimientos, antes etéreos, veloces, infinitos; se convierten en lentos y frágiles. Si una piedra me cayera en la cabeza podría incluso morir o padecer durante mucho tiempo y la misión acabaría. Lo peor es que ya en mi prisión terminaría por sentirme un desgraciado.
Ya una vez fallé, cuando llegué por primera vez y me llamaron Jesús, el nazareno. Yo le pedí a mi padre para que me diera un origen terrenal más alto. Los judíos siempre han sido odiados y mi padre, que le gusta respetar sus compromisos (lo había hecho con Abraham, Moises, David, Salomón), a pesar de que le fallaron cumplió, y me humilló haciéndome nacer en un pesebre, viviendo en la pobreza, y por último haciendo cientos de milagros para que al final me asesinaran como a un cerdo. Clavándome en una cruz y ultimándome con un lanzazo en la costilla.
Y todo ese castigo en vano. La iglesia que fundé ha fracasado, el hombre siempre se aproximará a la maldad, gracias a mi padre, y él no entiende eso y sólo , guiado por su egolatría, me echa la culpa de todo.
Yo no me revelé por ambición como dicen las falsas escrituras. Para la literatura de los hombres mi primer nombre fue Luzbel, el hermoso rey de los ángeles. Mi supuesta rebelión no fue sino un acto de justicia. Mi padre está acostumbrado a jugar con sus creaciones, su soberbia y vanidad le impulsan a rodearlos de tentaciones para ufanarse de su poder. Yo protesté contra todas esas cosas, no sólo por el hombre sino también por los demás seres, incluso por mis hermanos, los ángeles: Tímidos y atemorizados hijos convenidos. Sin embargo algunos en un momento me rodearon y me dieron la razón, ahora purgan penas en mundos y rincones marginales, donde su poder se ha minimizado a la voluntad del supremo. Mi padre podría destruirme con un soplido de su poder si quisiera, pero como le gusta el juego, me transformó en hombre y me concedió algunos dones, para después abandonarme solo en una cruz, con el sol destrozando mi rostro y mi gloria opacada por las fauces del dolor, la humillación y la muerte. Entonces, yo que tengo la fe ciega en el hombre, regreso por segunda vez, arrojado a la tierra desde mi prisión de lava y fuego, para darme y dar a los hombres una segunda oportunidad. Y vuelvo con la convicción que no volví a nacer del vientre de una mujer, sino que llegué por el contrario, crecido con el poder de la divinidad de mi padre, y arrojado sin preámbulos desde sus dominios hasta la fauna en toda su decadencia; pero aunque el temor y la inseguridad inunden mis venas, mi voluntad es férrea y voy a pelear por aquella justicia y esperanza con que me espera la humanidad y mis hermanos, los ángeles. Aunque mi padre me haya despedido con una sonrisa maquiavélica, como la de un niño que está dichoso de contemplar otro juego.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)